martes, 27 de octubre de 2026

El regalo (Poema de Raymond Carver).

 



El regalo

Empezó a nevar en plena noche. Húmedos copos
contra las ventanas, la nieve cubriendo
las claraboyas. Estuvimos mirando un rato, sorprendidos
 y felices. Contentos de estar aquí y en ningún otro sitio.
Cargué la estufa y ajusté la temperatura.
Nos fuimos a la cama, cerré enseguida los ojos.
Pero por alguna razón, antes de dormirme,
me acordé de aquella vez en el aeropuerto
de Buenos Aires, la tarde en que nos íbamos.
¡Qué tranquilo y desierto estaba todo!
Un silencio mortal salvo el ruido de los motores de nuestro avión
cuando salimos de la terminal
y rodamos por la pista bajo una ligera nieve.
Las ventanas del edificio estaban en penumbra.
No se veía nadie, ni siquiera al personal de tierra. «Parece
un lugar de luto», dijiste.

Abrí los ojos. Tu respiración me hizo ver
que estabas dormida profundamente. Te abracé
y salí de Argentina para recalar en el sitio
en que viví una vez en Palo Alto. No nieva en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas que daban 
a la autopista de Bayshore.
La nevera estaba al lado de la cama.
Cuando despertaba deshidratado en mitad de la noche
todo lo que tenía que hacer para calmar la sed era estirar la mano
y abrir la puerta. La luz interior me llevaba
hasta la botella de agua fría. Un plato caliente
en el baño, junto al lavabo.
Cuando me afeitaba, el cazo de agua borboteaba
junto al tarro de los granos de café.

Una mañana me senté en la cama, vestido, recién afeitado,
tomando café, aplazando lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su mujer se haba ido una semana a México.
Sencillamente no los tenía. Andaba muy justo
ese mes. «Claro», le dije, «lo entiendo».
Y lo entendía. Hablamos un poco
más y colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos a la vez que el avión
se elevaba hacia la puesta de sol.
Me volví en el asiento para echar una última ojeada
a las luces de Buenos Aires. Luego Mantuve los ojos cerrados
todo el largo viaje de vuelta a casa.

Esta mañana hay nieve en todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. «También yo».
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nuca lo sabemos. No importa.
Es esta ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana.




Poema extraído de:



martes, 29 de septiembre de 2026

Gilles Deleuze - En medio de Spinoza.

 



Yo abogo por relaciones moleculares con los autores que leen. Encuentren lo que les gusta, no pasen jamás un segundo criticando algo o a alguien. Nunca, nunca, nunca critiquen. Y si los critican a ustedes, digan: «De acuerdo» y sigan, no hay nada que hacer. Encuentren sus moléculas. Si no las encuentran, ni siquiera pueden leer. Leer es eso, es encontrar vuestras propias moléculas. Están en los libros. Vuestras moléculas cerebrales están en los libros, y es preciso que encuentren esos libros. Yo creo que nada es más triste en los jóvenes en principio dotados que envejecer sin haber encontrado los libros que verdaderamente hubieran amado. Y generalmente no encontrar los libros que uno ama, o no amar finalmente ninguno, da un temperamento... y de golpe uno se hace el sabio sobre todos los libros. Es una cosa rara. Nos volvemos amargos. Ustedes conocen la especie de amargura de ese intelectual que se venga contra los autores por no haber sabido encontrar a aquellos que amaba... el aire de superioridad que tiene a fuerza de ser tonto. Todo eso es muy enojoso. Es preciso que, en última instancia, sólo tengan relación con lo que aman.



Texto extraído de ¨En medio de Spinoza¨, Clase V. El estatuto de los modos y el problema del mal. Tipología de las enfermedades. 6 de Enero de 1981.

Clases dictadas por Gilles Deleuze en la Universidad de Vincennes entre noviembre de 1980 y marzo de 1981.

martes, 19 de mayo de 2026

No tengo casa, poema de José Revueltas.

 



NO tengo casa.
Está derribada en medio de la noche.
Su dolorosa arquitectura
se ha caído.
Entré y seguiré solo.
El viento invade todo lo que no tengo.
La sonrisa antigua que se me ha arrebatado,
el perfecto silencio donde
mi voz es lo único que se escucha.

He vuelto de nuevo.
No tengo nada.
Estoy perdido.




Poema extraído de:


martes, 14 de octubre de 2025

Contigo, poema de Luis Cernuda.


 

Contigo

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mí están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?




jueves, 20 de junio de 2024

Confesiones Hemipléjicas (Texto de Eusebio Ruvalcaba)

Estoy tan lleno de soledad que no quepo más en mí mismo. Las palabras han terminado por hundirme en un abismo sin fondo. He escrito tantas palabras, le he faltado tanto al respeto a los rostros que se ocultan en cada letra, que la vida me ultima en cada copa que bebo. Y no puedo dejar de hacerlo. Ni escribir ni beber. Creo que escribir es estar al borde del precipicio (acción y efecto de precipitarse). Pues bien, tenemos esa ecuación irrefutable: letras + alcohol = soledad  Nadie tiene por qué soportar los extravíos de un bebedor irresponsable. 

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Prosa de la calavera (Poema de José Emilio Pacheco)

 


Prosa de la calavera

Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué
tengo que decir a voces? Que toda carne es
hierba, y toda su gloria como flor de campo.
Isaías 40,6
  [VERSIÓN DE CASIODORO DE REINA
Y CIPRIANO DE VALERA]

A Miguel de Cervantes

Como Ulises me llamo Nadie. Como el demonio de los Evangelios mi nombre es Legión.

Soy tú porque eres yo. O serás porque fui.

Tú y yo, nosotros dos, vosotros, los otros, los innumerables ustedes que se resuelven en mí.

Mi imagen omnipresente en Tenochtitlan, recordaba a todos y a toda hora la conciencia del fin, el fin de cada azteca y del mundo azteca.

Después me volví lugar común para simbolizar la sabiduría. Lo más sabio suele ser lo mas obvio. Y como nadie quiere verlo de frente, nunca estará de sobra repetirlo:

No somos ciudadanos de este mundo sino pasajeros en tránsito por la tierra prodigiosa e intolerable.

Si la carne es hierba y nace para ser cortada, soy a tu cuerpo lo que el árbol a la pradera. Ni invulnerable ni perdurable, resisto un poco más y eso es todo.

Cuanto tú y los nacidos en el hueco del tiempo que te fue dado en préstamo terminen de representar su papel en el drama, la farsa, la comedia y la tragedia, permaneceré por unos años desencarnada.

Serena máscara, secreto rostro que te niegas a ver -aunque lo sabes íntimo y tuyo y siempre va contigo-, yo soy tu cara auténtica, la que más te aproxima a tus semejantes.

En fugaces células que a cada instante mueren por millones tengo adentro cuanto eres: tu pensamiento, tu memoria, tus palabras, tus ambiciones, tus deseosa, tus miedos, tus miradas que a golpes de luz erigen la apariencia del mundo, tu entendimiento de lo que llamamos realidad.

Lo que te eleva por encima de tus hermanos martirizados, los animales, y lo que te sitúa por debajo de ellos: la señal de Caín, el odio a tu propia especie, tu capacidad bicéfala de hacer y destruir, hormiga y carcoma.

En vez de temerme o ridiculizarme por obra de tu miedo deberías darme las gracias. Sin mí, qué cárcel sería la vida en la tierra. Qué tormento si nada cambiara ni envejeciera y durante siglos de desesperación sin salida la misma gente diera vueltas a la misma noria.

Gracias a mí todo es valioso porque es irrepetible y efímero.

Único es todo instante y cada rostro que florece un segundo en su camino hacia mí.

Porque voy con ustedes a todas partes. Siempre con ella, con él, contigo, esperando sin impaciencia ni protesta.

Los ejércitos de mis huesos han forjado la historia. De la pulverización de mis añicos está amasada la tierra. Reino en el pudridero y en el osario, en le campo de batalla y en los nichos en donde por breve tiempo se venera a las víctimas de lo que ustedes llaman gloria.

Y no es sino la maligna voluntad de negarme, el afán estúpido de creer que hay escape y por medio de actos y obras alguien puede vencerme.

Actos y obras cargan también su sentencia de muerte, su calavera invisible: último precio de haber sido.

Contigo, hermana mía, hermano mío, me formé de tu sustancia en el vientre materno. Volverás a la oscura tierra. Yo que en cierta forma soy tu hija, heredaré la nada de tu nombre. Seré tus restos, tus despojos, tus residuos, tus sobras: testimonio de que por haber vivido estás muerto.

Así, quién lo diría, yo, máscara de la muerte, soy la más profunda entre tus señales de vida, tu huella final, tu última ofrenda de basura al planeta que ya no cabe en sí mismo de tantos muertos.

Estaré aquí poco tiempo de cualquier modo muy superior al que te concedieron.

A menos que me aniquiles junto a tu carroña, aceleres por medios técnicos o por lo imprevisible el proceso que conduce a nuestra última patria: la ceniza de que los dos estamos hechos.

Si desapareciera contigo me privarías de la última voluptuosidad: creerme superior a los gusanos que devoran a los devoradores del mundo y apenas me rozan con sus viscosidades. (Me siento afín a ellos porque soy innombrable).

Pero mientras la carne me disfraza y las células ocultas me electrifican soy (si bien nada más para ti: cada uno / cada una) el ombligo del mundo, el centro del universo.

Toda belleza y toda inteligencia descansan en mí. Sin embargo me repudias, me ves como señal del miedo a los muertos que se resisten a estar muertos y del terror de la muerte llana y simple: tu muerte.

Porque sólo puedo salir a flote con tu naufragio. Sólo cuando has tocado fondo aparezco, aunque a cierta edad ya me anuncio en los surcos que me dibujan, en las canas que anticipan mi amarilla blancura.

Yo, tu verdadera cara, tu rostro final, tu apariencia última que te hace Nadie y te vuelve Legión, hoy te ofrezco un espejo y te digo:

Contémplate.

 

Poema extraído de:



martes, 27 de octubre de 2020

Libros (Poema de Mario Benedetti)

 


Quiero quedarme en medio de los libros
vibrar con Roque Dalton con
Vallejo y Quiroga
ser una de sus páginas
la más inolvidable
y desde allí juzgar al pobre mundo

no pretendo que nadie me encuaderne
quiero pensar en rústica
con las pupilas verdes de la memoria franca
en el breviario de la noche en vilo
 

mi abecedario de los sentimientos
sabe posarse en mis queridos nombres
me siento cómodo entre tantas hojas
con adverbios que son revelaciones
sílabas que me piden un socorro
adjetivos que parecen juguetes

quiero quedarme en medio de los libros
en ellos he aprendido a dar mis pasos
a convivir con mañas y soplidos vitales
a comprender lo que crearon otros
y a ser por fin este poco que soy

 

Extraído de: